Durante nuestras prácticas de observación en el preescolar, reflexionamos de manera profunda sobre el compromiso que asumimos como futuros docentes. Este compromiso, que va más allá de la simple transmisión de conocimientos, implica una responsabilidad social y cultural que nos motiva a ofrecer una educación que respete, valore y promueva la diversidad lingüística y cultural de los niños.
Como futuros maestros, es importante entender que nuestra identidad no solo se construye a partir de la formación académica, sino también de nuestras experiencias personales, nuestras raíces culturales y el compromiso que tenemos con la educación.
Gracias a la interacción y el apoyo de nuestras maestras titulares durante las prácticas de observación, es que logramos entender desde un punto más real y objetivo como es que se forma nuestra identidad profesional. Se forma a través de nuestra formación académica, nuestras prácticas docentes y sobre nuestra labor. Es importante que los docentes sigamos aprendiendo, actualizándonos en nuevas metodologías y adaptándonos a los cambios que ocurren en la educación. Ser docentes no solo implica enseñar, sino también ser modelos a seguir, estar dispuestos a seguir creciendo y mejorar en nuestra práctica.
En base a las entrevistas realizadas a las educadoras, llegamos a la conclusión de que cada una de las maestras que están frente a un grupo tienen una historia diferente que contar y una cultura que las forma desde su preparación docente. Esto puede traer consecuencias tanto buenas como malas al momento de impartir una clase, es decir, si a la docente le apasiona su trabajo, lo disfrutara y se verá reflejado en su día a día. Por el contrario si el ser educadora es una labor que no deseaban, puede traer consecuencias negativas en el ambiente del aula y con los alumnos.
Una de las características más relevantes que observamos, fue la identidad social de cada una de las maestras, quienes desempeñan un rol con firmeza y empatía. Las maestras transmiten una figura de autoridad clara, pero también se esfuerzan por generar un ambiente seguro para los niños. Esto se veía reflejado en su capacidad para equilibrar la disciplina y el cariño, lo que permite que los niños se sientan respetados y en confianza.
En términos de identidad profesional, podemos compartir el ejemplo de una situación con una docente titular de esta jornada de prácticas. Una maestra que demostró una gran capacidad para manejar las dinámicas del aula, especialmente cuando se trataba de niños con barreras de aprendizaje. Un ejemplo claro fue su atención constante a un niño que presentaba Barreras de Aprendizaje y Participación (BAP). El niño, en varias ocasiones, se quitaba los zapatos, lo cual generaba una distracción en su proceso de aprendizaje. La maestra, con mucha paciencia, se acercaba a él para recordarle amablemente que debía mantenerlos puestos, y lo hacía sin perder la calma, demostrando profesionalidad y atentación a las necesidades del niño. Esta intervención no solo ayudaba al niño a concentrarse mejor, sino que también le mostraba que era importante y que su bienestar era una prioridad para la maestra.
Una de las lecciones más importantes que aprendimos durante esta experiencia fue la necesidad de adaptar las prácticas pedagógicas al contexto cultural de los niños. Las maestras, por ejemplo, se esforzaban por integrar en las actividades del aula aspectos de la cultura, como la celebración de festividades, por ejemplo:
-Fiestas decembrinas (posadas, pastorelas, bailes navideños)
-Fiestas de disfraces (Halloween, Día de Muertos)
En esta ocasión, no se presentó la oportunidad de ser participes de dichos eventos. Pero gracias a la información que nos brindaron las educadoras, es que logramos obtener información de las celebraciones de festividades.
Como futuras docentes, entendemos que nuestra labor no será simplemente impartir conocimientos, sino también crear un espacio donde todos los niños, sin importar su origen, se sientan escuchados, respetados y valorados por quienes son. A lo largo de nuestra observación, vimos cómo las educadoras, al reconocer y rescatar los saberes y cosmovisiones de los niños, están construyendo una educación que no solo es inclusiva, sino que también fomenta el respeto por la diversidad.
Finalmente, lo que vivimos en esta práctica de observación nos mostró que la educación debe ser un proceso de transformación, no solo para los estudiantes, sino también para nosotras como educadoras.

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